Hipólita enfurecida

Little girl you are cursed by my ancestry,
There is nothing but darkness and agony,
I can not only see, but you stopped me from blinking.

The Silence, Manchester Orchestra

Lo primero que escucha al recobrar la consciencia es la melodía de la guerra tiñendo el duermevela con su promesa de gloria. El interior de la astronave retumba con los impactos de la artillería. Cada explosión contra el casco desata un remolino centelleante. Las luces parpadean. Todo le parece muy lejano. Bajo el estruendo cree distinguir el coro de los gritos de sus hermanas, empuñando las armas, muriendo con y por ellas.

Nos están abordando.

Una marabunta de cuerpos enfundados en monos de blanco nacarado se afana en preparar la siguiente oleada de guerreras. El tanque en el que ha reposado le grita que es hora de alzarse y reclamar un planeta más. La violencia del sueño se disipa para dejar su sitio a la decepción de la realidad. El mundo duele a través de los sentidos atrofiados y los ojos le arden al contacto de la tenue luz artificial. Se obliga a mirarla directamente, obstinada, convencida de que, si puede dominarla, el resto del despertar será fácil.

Alza las manos y las observa con atención. Esta soy yo, piensa, casi intentando convencerse a sí misma de la verdad que encierran esas tres simples palabras.

Concéntrate.

Cerca de ella tres figuras trabajan en torno a una escultura extraña, dispuesta en una posición que recuerda a los ancianos de la casta religiosa; de rodillas y con los brazos extendidos. Un exoesqueleto. La pieza de tecnología sobre la que se ha edificado un imperio milenario que abarca centenares de planetas, sujetos con la firmeza de su puño de hierro.

Duda un instante, insegura sobre lo que vendrá a continuación. Como si percibiera la indecisión en ella, la espalda del exoesqueleto se abre como una flor seductora. Introduce los brazos en la máquina guiada por el instinto, luego las piernas y seguidamente el resto del cuerpo hasta desaparecer en su interior. La máquina se cierra con un estruendo y se funde con la carne. Nunca más podrá separarse de ella. No en vida, al menos.

Nota un cosquilleo en la base de su cerebro. La conexión neuronal se establece y sus sentidos se expanden hasta abarcarlo todo. La imagen tridimensional de un planeta es proyectada en el éter de su mirada. Un planeta pequeño y azul. El conocimiento le llega casi sin casi darse cuenta. El planeta alberga la vida de una de las civilizaciones primitivas diseñadas al servicio de sus antepasados. Su gente los ha visitado en el pasado, se ha alimentado de ellos y lo volverá a hacer de nuevo.

Piensa en alzarse y el exoesqueleto obedece entre un coro de chirridos metálicos.

Su campo de visión fulgura con la comunicación entre las naves que forman la flota. Órdenes fragmentadas revolotean en su cráneo en forma de voces incorpóreas. No sin esfuerzo logra cerrar el torrente de información a tiempo de escuchar miles de gritos estallar a la vez.

La cubierta se abre a sus pies y la engulle entera. El estómago se le pega a la garganta y el corazón se le queda a medio latir. La atmósfera la arrastra a través de las entrañas de metal de la astronave, escapando como la sangre que brolla de una herida mortal. La ilusión de gravedad creada por la rotación constante del tambor central le es arrancada de los sentidos. Aun con la protección ofrecida por el exoesqueleto las fuerzas g la golpean y zarandean haciendo de ella poco más que una muñeca de trapo en las manos de un gigante furioso.

Entonces, la calma.

Sin necesidad de abrir los ojos los sensores del exoesqueleto le muestran un cielo estrellado que gira desbocado sin ella poder hacer nada por evitarlo. Atraviesa el vacío a la velocidad del sonido cayendo hacia el cielo. Una simple cucaracha de metal a millones de años luz de su hogar. Esa es la razón por la que fue engendrada, para navegar el vacío entre las estrellas. Pero no así, no a merced del caos.

Abre los ojos, se ordena a sí misma.

La astronave que la ha traído surcando la galaxia arde en silencio sangrando oxigeno y fuego como un animal malherido. Destellos rojos trazan la batalla entre las estrellas con pinceladas frenéticas. Los cañones de partículas parpadean como el fósforo al detonar. La flota invasora sigue adelante sin ella. Nadie vendrá a rescatarla. Nadie llorará su perdida. ¿Dónde está la gloria inmortal que le fue prometida? ¿Dónde está el valor inquebrantable que creía poseer?

Lo único que siente ahora es miedo e impotencia.

Sobrevuela el ecuador del planeta todavía a la deriva, cruza la noche y emerge sobre un gran continente iluminado por el sol de la mañana. Varios misiles pasan cerca de ella dejando una maraña de estelas azules. Consigue alzar la cabeza buscando su origen a tiempo de ver la panza de una astronave crecer hasta devorar las estrellas. No la reconoce. El casco, de metal gris y carente de ornamentación alguna, le resulta alienígena.

Lo único que puede hacer es gritar. No un alarido de terror, ni una última súplica antes de morir, sino un grito primitivo a medio camino entre el llanto y la carcajada. Siente de nuevo la adrenalina arder en su torrente sanguíneo y por fin entiende que en el caos y la locura de la guerra hay también intención.

La nave vira para evadir la inminente colisión.

Demasiado tarde, se sonríe ella.

Ahora puede ver el puente de mando con claridad. Dentro, criaturas que no se parecen a nada que haya visto nunca contemplan su vuelo atónitas. El exoesqueleto se prepara para el impacto, contrayendo brazos y piernas, e irrumpe en el puente como una bala de cañón.

Por fin he llegado.

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